viernes, 18 de enero de 2008

Cosas que pienso mientras el tiempo pasa


Bonito título para comentar mis habituales soplapolleces. En un primer momento iba a hablar sobre el "desterrado" Gallardón pero imagino que el universo de internet ya debe de estar saturado del tema. Así que me he decidido por escribir sobre otras cosas que se me han pasado por la cabeza. La inconstancia en mi vida (solo hay que ver las fechas de los posts) o el horrendo mundo del trabajo en españa (por suerte no tengo que hablar del himno), o por que los economistas dominan un mundo del que solo saben los ingresos y los gastos. Pero finalmente la cosa pasa por las monedas de uno y dos céntimos.

¿Qué hay que hacer con ellas? ¿Alguien las utiliza aparte de la gente que te da las vueltas? ¿Es realmente dinero o sólo cuentan en los balances macroeconómicos de las empresas? Una interesante cuestión sin duda. Yo me dedico a dejarlas en el bote que para tal efecto mantiene mi madre en una de las estanterías de la cocina. Y ahí van aumentando de volumen. Poco a poco, sin prisa pero sin pausa, viendo pasar entre libros de recetas oliendo al ajo del bote de los ajos, siempre cercano. los días hasta que mi madre las lleva al banco presas en un estuche de plástico, de donde solo vuelven a salir para ser volver a servir de vueltas a las cajeras de los supers y acabar de nuevo en otro bote donde se amontonan. Es una vida triste, del banco a el super, del super a un hogar y del hogar al banco. Nunca pasan por un bar, nadie paga con ellas un helado. A veces alguien las utiliza para el autobus, pero generalmente no tienes por que las has dejado en el bote de la cocina justo esa tarde.

Iba a decir que deberíamos dignificarlas pero, seamos serios, ¿a quién le importan?

1 comentario:

Orujo cream dijo...

Eres un cebú sin sentimientos, y no me refiero a la provincia de Filipinas. Esas monedas también tienen su corazoncito.

Por culpa de gente como tú sufren no sólo los objetos numismáticos, sino también los muñequitos rojo y verde de los semáforos. Al rojo la gente lo mira fijamente deseando que se dé el piro. Cuando por fin, desolado, se va y aparece el verde, a este lo miran de reojo y se marchan. Así les va.